top of page

El liderazgo que funciona en otra empresa no necesariamente funciona en la tuya

  • 16 jun
  • 7 min de lectura

Hay una escena que se repite con llamativa regularidad en las juntas directivas de empresas medianas en América Latina. El equipo directivo regresa de un congreso, termina de leer un libro de management o contrata a una firma de consultoría global, y llega con una conclusión: necesitamos desarrollar líderes más como los de ese caso de éxito que acaban de conocer.

Se definen competencias. Se diseña un programa de desarrollo. Se contrata a los coaches correctos. Y un año después, la organización tiene líderes mejor entrenados que siguen sin mover los resultados que importan.

El problema no es el programa. El problema es que nadie se hizo las preguntas correctas antes de diseñarlo.


El error de la receta importada


La industria del desarrollo de liderazgo produce contenido de forma masiva, y la mayor parte de ese contenido viene de contextos muy específicos: empresas tecnológicas de Silicon Valley, corporaciones escandinavas con décadas de cultura plana, o conglomerados anglosajones con estructuras de gobierno maduras. Son casos reales, con resultados reales, en condiciones que no se parecen en casi nada a las de una empresa mediana familiar en Bogotá, una organización en proceso de fusión en Ciudad de México, o una empresa regional en plena expansión hacia nuevos mercados en Centroamérica.

Importar esas recetas sin traducción no es inocuo. Tiene consecuencias.


Gartner estima que el 74% de los líderes corporativos no están estructuralmente preparados para liderar el cambio de manera eficaz. Es una cifra que suena a déficit de capacidades, y en parte lo es. Pero hay un problema más profundo que la capacitación no resuelve: con frecuencia, el perfil de liderazgo que una organización busca desarrollar o contratar no es el que esa organización necesita en ese momento específico de su historia.

Un líder brillante para escalar una startup puede ser exactamente el perfil equivocado para estabilizar una empresa en proceso de integración post-fusión. Un estilo directivo que funciona en una multinacional con procesos maduros puede destruir la cultura de una empresa familiar que opera sobre relaciones de confianza construidas en décadas. La competencia no es absoluta. Es contextual.


El diagnóstico que indispensable antes de definir qué líderes necesita


Antes de diseñar cualquier programa de desarrollo directivo, antes de buscar un perfil externo, antes de decidir qué competencias cultivar, una organización necesita leer su propia realidad con honestidad. Cuatro variables determinan qué tipo de liderazgo requiere un negocio en un momento dado.


El momento del negocio. Una empresa en fase de crecimiento acelerado necesita líderes con alta tolerancia a la ambigüedad, capacidad de tomar decisiones rápidas con información incompleta y habilidad para construir estructura sin frenar el impulso. Una empresa en consolidación necesita exactamente lo contrario: líderes que formalicen procesos, gestionen la complejidad organizacional y sostengan resultados con disciplina operativa. Una empresa en crisis necesita un perfil diferente a los dos anteriores: alguien capaz de tomar decisiones difíciles rápido, mantener la cohesión del equipo bajo presión extrema y recuperar credibilidad con stakeholders que ya empezaron a dudar.

Confundir el perfil de liderazgo para una etapa con el de otra no es un error menor. Es uno de los factores más consistentes en los fracasos de transición que hemos acompañado en la región.


El contexto país. América Latina no es un bloque cultural uniforme, y tratarla como tal es el primer error de cualquier modelo importado. Lo que funciona en los entornos financieros altamente estructurados de Santiago tiene resultados distintos en los ecosistemas relacionales e hiperdinámicos de São Paulo o Bogotá. Las dimensiones culturales que el estudio GLOBE documentó durante décadas de investigación son reales y operativamente relevantes: la distancia de poder es consistentemente mayor en la región que en los contextos donde se producen la mayoría de los modelos de liderazgo que se importan. La lealtad organizacional funciona como lealtad familiar, no como contrato institucional. La comunicación indirecta no es ineficiencia, es protocolo social con lógica propia.

Un líder que llega con retroalimentación directa al estilo anglosajón, en una cultura donde la crítica frente a otros se percibe como agresión, no está siendo honesto. Está siendo torpe. Y el costo de esa torpeza lo paga la organización en rotación, en silencio organizacional y en pérdida de confianza.


El tipo de organización. Una empresa familiar con veinte años de historia opera sobre supuestos no escritos que definen quién decide, quién tiene autoridad real más allá del cargo, y qué cosas simplemente no se cuestionan. Introducir un modelo de liderazgo que ignora esa dinámica no la transforma: la tensiona sin resolverla. Una filial de multinacional opera con presiones de casa matriz que condicionan cada decisión local. Una empresa en proceso de fusión tiene dos culturas que coexisten con fricciones que ningún modelo de competencias estándar está diseñado para gestionar.


El tipo de organización define los límites reales dentro de los cuales cualquier perfil de liderazgo va a operar. Ignorarlos no los hace desaparecer.

La estrategia real, no la declarada. Hay una brecha consistente en las organizaciones de la región entre la visión que se anuncia y los comportamientos que se premian. Una empresa puede declarar que su estrategia es la innovación mientras que sus sistemas de incentivos recompensan exclusivamente la ejecución sin riesgo. Puede decir que su valor central es la colaboración mientras que sus procesos de evaluación promueven la competencia interna.


El liderazgo que una organización necesita no se define por los valores en la pared. Se define por los comportamientos que la estrategia real requiere para ejecutarse. Y esa alineación empieza en la junta directiva, no en el departamento de recursos humanos.


La paradoja del liderazgo en América Latina


Los datos del estudio GLOBE sobre liderazgo efectivo en América Latina revelan una paradoja que tiene implicaciones directas sobre cómo se debe diseñar el desarrollo directivo en la región.


Los perfiles de liderazgo que consistentemente generan mejores resultados en contextos latinoamericanos combinan dos elementos: carisma basado en valores y orientación al equipo. Los líderes que construyen autoridad en la región lo hacen a través de la conexión personal antes que de la posición formal, a través de la demostración de que se preocupan por las personas como seres completos antes de exigir responsabilidad por resultados.

Por el contrario, el liderazgo autónomo, el estilo de quien toma decisiones de forma aislada, saltándose la dinámica del equipo, tiene dificultades sistemáticas para construir autoridad en estos contextos. No porque sea menos capaz, sino porque rompe el contrato relacional implícito sobre el que opera la confianza organizacional en la región.


La paradoja está aquí: al mismo tiempo, la distancia de poder es real. Las organizaciones latinoamericanas dependen en gran medida de la toma de decisiones de arriba hacia abajo. Los modelos de gestión que proponen estructuras completamente planas y retroalimentación radical entre pares funcionan en contextos donde existe una cultura institucional que los sostiene. En muchas empresas de la región, implementarlos sin ese sustrato produce confusión, no agilidad.


El líder efectivo en LATAM no es el que elige entre autoridad y cercanía. Es el que sabe cuándo ejercer cada una y entiende que, en este contexto, la autoridad se construye a través de la cercanía, no a pesar de ella.


Lo que los equipos directivos deberían estar desarrollando


La pregunta relevante no es qué competencias están de moda en la literatura de management. La pregunta es qué capacidades son el pivote de la ventaja competitiva de este negocio, en este momento, en este mercado.

Hay tres áreas que aparecen de forma consistente como críticas en las organizaciones medianas de la región que están en proceso de transformación, independientemente del sector.


Gestión del cambio con anclaje cultural. No como metodología importada, sino como la capacidad real de movilizar a una organización desde donde está hacia donde necesita estar, respetando los mecanismos de confianza y las dinámicas de poder que existen, no los que el modelo dice que deberían existir. Esto incluye identificar a los líderes informales, las personas a quienes los equipos escuchan independientemente de su cargo, y convertirlos en aliados del cambio en lugar de obstáculos.


Toma de decisiones con datos en entornos de alta incertidumbre. El contexto económico e institucional de América Latina es volátil por diseño. Los líderes que solo saben decidir cuando tienen certeza son un lujo que la región no puede costear. Desarrollar la capacidad de leer señales débiles, construir escenarios y tomar decisiones reversibles rápido es una competencia crítica que la mayoría de los programas de desarrollo directivo ni siquiera mencionan.


Construcción de cultura como herramienta de ejecución estratégica. La investigación de Spencer Stuart indica que el 93% de los directivos latinoamericanos reconocen el vínculo entre cultura y estrategia, pero el 28% admite que no tienen herramientas para medirla y un porcentaje igual no tiene un diálogo interno activo sobre ella. La cultura no es lo que se declara en los valores corporativos. Es el conjunto de comportamientos que los líderes modelan, toleran y reconocen todos los días. Un equipo directivo que no gestiona activamente su cultura no está gestionando su mayor activo de ejecución.

Estas tres capacidades no son genéricas. Son específicas al contexto de la región y al tipo de desafío que enfrentan las organizaciones medianas en transformación. Y no se desarrollan con un programa estándar de doce módulos diseñado en otro continente.


Una reflexión para la junta directiva


El desarrollo de liderazgo que realmente transforma una organización no empieza en el departamento de recursos humanos ni en el proveedor de capacitación. Empieza en la junta directiva, con una conversación honesta sobre qué tipo de organización se quiere construir, en qué momento está el negocio, y qué comportamientos directivos son realmente consistentes con esa ambición.


La mayoría de las organizaciones se saltan esa conversación y van directo a definir competencias, diseñar programas y medir horas de capacitación. El resultado es actividad sin transformación: líderes más entrenados que siguen operando en las mismas dinámicas de siempre porque nadie rediseñó el sistema en el que operan.

El liderazgo que una organización necesita no se importa. Se construye desde adentro, con una lectura honesta del contexto, de la cultura y del momento. Las recetas externas pueden ser una fuente de inspiración. No pueden ser el punto de partida.

 

Si reconoces alguno de estos patrones en tu organizacion, vale la pena una conversacion. Agenda una llamada de 30 minutos en transilientconsulting.com/contacto



 
 
 

Comentarios


bottom of page