top of page

Tu gente ya tiene las ideas, el problema es que no tienen a quién decírselas.

25 ago
5 min de lectura

Actualizado: hace 15 horas

En las jornadas de mejora que hacemos, el desperdicio más grande que identifican los equipos es la creatividad.

 


Cuando se habla de innovación en América Latina, la conversación arranca casi siempre por el presupuesto.


Y el dato es real, la región invierte alrededor del 0.5% de su producto interno bruto en investigación y desarrollo, mientras Estados Unidos, Japón y Corea invierten entre 2.5% y 3%, y la Unión Europea cerca de 2%.

 

País o región

Inversión en I+D como % del PIB

Estados Unidos, Japón, Corea

2.5% a 3%

Unión Europea

cerca de 2%

América Latina y el Caribe

alrededor de 0.5%

Brasil

1.17%

Argentina

0.52%

Chile

0.34%

México

0.30%

Colombia

0.29%

Perú

0.17%

 

La brecha existe y es grande.

Pero hay un desperdicio anterior a ese, que no cuesta un peso resolver y que pocas organizaciones están atendiendo.

 

El hallazgo que aparece en casi todas las jornadas de mejora


En los procesos de mejora que hacemos con clientes basados en principios LEAN, hay un ejercicio donde los equipos identifican los desperdicios de su propia operación. Se busca tiempo perdido, reprocesos, inventario ocioso, movimientos innecesarios, etc.

El desperdicio más grande que identifican, de manera consistente, no es ninguno de esos.

Es la creatividad.

La creatividad existe, la gente tiene ideas sobre cómo hacer mejor su trabajo y en general son buenas, porque nadie conoce un proceso mejor que quien lo ejecuta todos los días. Lo que no existe es el eco, la gran mayoría de esas ideas no llega a ninguna parte, y cuando preguntamos por qué, las razones se repiten con una regularidad que ya deja de sorprender:

No hay un mecanismo formal para capturarlas. La idea depende de que alguien se acuerde de mencionarla en el momento adecuado, frente a la persona adecuada, con el ánimo adecuado.

La fragmentación entre áreas. La idea nace en un área pero se implementa en otra, y no hay un camino entre las dos que no pase por escalar tres niveles y volver a bajar.

El líder no está abierto a escuchar. A veces por convicción, más frecuentemente por carga operativa, y en muchos casos simplemente porque nadie le pidió nunca que lo hiciera.

Ninguna de esas tres causas se resuelve con presupuesto de investigación y desarrollo.

 

Lo que la medición de cultura muestra, una y otra vez

Cuando profundizamos con estudios de cultura organizacional, hay dos categorías que aparecen consistentemente entre las peor evaluadas en las organizaciones de la región.

La primera categoría, La retroalimentación y la segunda categoría, el reconocimiento y agradecimiento.

Son dos elementos indispensables para guiar y motivar a un equipo en la dirección correcta, y en la mayoría de las mediciones que hemos hecho salen bajos. No porque los líderes sean indiferentes, sino porque nunca se instalaron como práctica sistemática, se dejaron a criterio y al final terminan ocurriendo sólo cuando alguien se acuerda.

Esa carencia tiene una consecuencia directa sobre la innovación, y es bastante lógica: si alguien propone una idea y no recibe respuesta, ni buena ni mala, sólo silencio, la probabilidad de que proponga una segunda baja muchísimo. No hace falta rechazar las ideas para matar la innovación, basta con no acusar recibo.

 

Dos condiciones que agravan el problema en la región


La jerarquización extrema y los protocolos rígidos, frecuentes en empresas familiares, cuando la distancia entre quien tiene la idea y quien puede aprobarla se mide en niveles jerárquicos y no en pasos de proceso, la idea se apaga en el camino. Y cuando existe un protocolo puntual para cada cosa, proponer algo distinto se percibe como saltarse el protocolo.


El funcionamiento en silos. Las mejores oportunidades suelen estar en las interfaces entre áreas, precisamente donde nadie tiene responsabilidad clara. Una organización que opera en silos es estructuralmente incapaz de capturar ese tipo de mejora, aunque su gente la vea todos los días.

A esto se suma el inhibidor que la investigación regional señala de manera consistente como la barrera número uno: la aversión al riesgo y el miedo al fracaso.

En la cultura tradicional de la región el error suele penalizarse, y una organización donde el error se castiga aprende rápidamente a no intentar nada nuevo.


Hay una tesis que vale la pena tomar en serio, y es que la seguridad para equivocarse es un requisito previo al capital, aunque el presupuesto de innovación fuera ilimitado, si prevalece el paradigma jerárquico y punitivo, ese presupuesto se gasta sin producir innovación.

 

Por qué importar la metodología no alcanza

Una respuesta frecuente ante este diagnóstico es adoptar una metodología: talleres de design thinking, células ágiles, laboratorios de innovación.

Esas metodologías son buenas y en el contexto correcto funcionan muy bien, el problema es cuando se importan como solución estandarizada a una realidad institucional distinta de aquella para la que fueron diseñadas.


Un taller de ideación en una organización donde el error se penaliza produce ideas tibias, porque la gente calcula el riesgo de proponer algo que pueda fallar. Una célula ágil dentro de una estructura de siete niveles jerárquicos termina pidiendo permiso para cada iteración, la metodología no cambia la conducta, la conducta la determina lo que la organización premia y castiga.


Por eso el orden importa: primero las condiciones, después el método.

 

Lo que sí funciona: diseñar la cultura, no declararla


Lo que hemos visto funcionar en las organizaciones que hemos acompañado es partir desde el diseño de la cultura, instalando de manera deliberada los rasgos que la innovación necesita, con una condición que no es negociable: empieza por el ejemplo de los líderes.

Los comportamientos que hay que instalar son concretos y observables, no aspiracionales:

Que se valoren las contribuciones y opiniones del equipo, de manera visible y no sólo en la evaluación anual.

Que los superiores inmediatos estén dispuestos a probar ideas nuevas, incluso pequeñas, incluso cuando no están seguros de que funcionen.

Que los errores se traten como oportunidades de aprendizaje y alimenten mejoras a los procesos y estándares, en lugar de buscar castigar a los culpables.

Que exista un camino claro para que una idea viaje desde quien la tiene hasta quien puede implementarla, sin depender de la buena voluntad de nadie.

Cuando eso se instala, los resultados aparecen en la medición.

Tenemos clientes donde los reactivos relacionados con innovación y mejora muestran avances significativos año contra año, y ese avance no vino de un presupuesto nuevo, vino de cambiar cómo responden los líderes cuando alguien propone algo.

 

Por qué esto es una decisión de negocio y no de clima laboral

Vale la pena decirlo con claridad, porque la innovación se discute con frecuencia en el vocabulario equivocado.

Una organización que institucionaliza la innovación construye una capacidad de diferenciación difícil de replicar, porque no está en un producto ni en una patente, está en cómo funciona la organización. Un competidor puede copiar un producto en meses, copiar una cultura le toma años, si es que lo logra.

Y esa capacidad se traduce en márgenes, una organización donde miles de mejoras pequeñas se capturan y se implementan opera con costos estructuralmente distintos a una donde esas mismas ideas existen en la cabeza de la gente y mueren ahí.

La diferencia entre las dos no es el talento, es el mecanismo.

 

Una reflexión para la alta dirección

La pregunta útil no es cuánto está invirtiendo tu empresa en innovación, porque en la mayoría de las organizaciones de la región la respuesta es poco, y aumentarla sin cambiar nada más no va a producir el resultado esperado.

La pregunta es qué pasó con la última idea que propuso alguien de tu equipo operativo.

Si no puedes recordarla, si no existe un lugar donde se registre, si nadie le respondió a quien la propuso, entonces el problema no es que a tu organización le falten ideas. Es que las está produciendo y desechando al mismo tiempo, todos los días, sin que aparezca en ningún estado de resultados.

Ese es probablemente el desperdicio más caro que tiene tu empresa, y es también el único que se puede empezar a corregir el lunes sin autorización de presupuesto.

 

¿Qué pasó con la última idea que propuso alguien de tu equipo?

 

Agenda una llamada de 30 minutos aqui o escribenos a contact@transilientconsulting.com

 
 
 

Comentarios


bottom of page